La cuarta economía de la eurozona se encuentra en una situación precaria. Si España se ve obligada a afrontar terceras elecciones en diciembre habrá estado sin gobierno por un período superior al año.

Este escenario no sólo preocupa a España. Indica la situación lamentable en la cual se encuentra la UE y la democracia europea, y ejerce más presión en la estabilidad de la eurozona.

En uno de los países económicamente más vulnerables y domésticamente crispados y frágiles, su élite política ha sucumbido a la inactividad. Ni el gobierno en funciones ni la oposición parecen tener urgencia alguna para realizar concesiones. En este momento, los políticos españoles deberían estar más preocupados por ofrecer nuevas ideas para reformar la UE. Sin embargo, enfrascados en sus peleas internas, están ausentes de los debates sobre el futuro de Europa.

Muchos europeos admiraban a España desde 2011 por ser ejemplo de renovación política. El movimiento de los indignados representó una nueva forma de participación ciudadana. Se citaba a España como la vanguardia de una política democratizadora renovada, enérgica y vibrante.

El legado de la brutal recesión y de un nivel de corrupción imparable por parte del gobierno fue el surgimiento de dos nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos. Y, sin embargo, estas nuevas formaciones, inspiradoras en sus comienzos, han terminado mostrando un estilo similar al de los partidos tradicionales, con peleas internas, facciones e inmovilismo.

El fracaso para formar gobierno en España muestra que la política en Europa es mucho más compleja que la mera división entre élite (o los partidos tradicionales) y populistas. Las distintas crisis europeas han revelado patologías democráticas que requieren nuevas ideas tanto a nivel nacional como europeo. Cuando las élites políticas no son capaces de formar gobierno, ya sea de derecha o de izquierda, por sus comportamientos tribales es tiempo de utilizar nuevos procesos democráticos.

España está aprendiendo que el camino de las protestas a la institucionalización es peligroso. La creación de uno o dos partidos políticos nuevos no es siempre suficiente, no importa cuán carismáticos y capaces sean los nuevos líderes. La renovación democrática implica cambios cualitativos más profundos en las políticas prácticas.

La experiencia española apunta a que las protestas y las movilizaciones sociales no llegan a tener mucho impacto si representan sólo a una parte de los actores políticos. La postura de los indignados en contra de la austeridad era una respuesta necesaria y apropiada frente a la crisis. Pero el movimiento no fue capaz de construir un proyecto político más amplio porque no incorporó distintos puntos de vista. Asimismo, nada sugiere que el partido que enarboló la bandera de los indignados haya cumplido su promesa de trascender la tradicional división entre políticas de derecha y de izquierda.

Los partidos políticos españoles han traicionado a una ciudadanía políticamente participativa. Esta población ha superado la crisis que surgió como consecuencia de las medidas de austeridad dictadas por la UE gracias a redes de solidaridad y al establecimiento de procesos de participación a nivel local. En otros países europeos, una crisis de este calibre podría haber originado procesos de desintegración social.

La sociedad española respondió de una manera admirable. Por lo tanto, el desafío es ahora empoderar a esta ciudadanía fortalecida por la lucha contra la austeridad frente a la incapacidad de los partidos políticos.

Mientras los españoles miran incrédulos cómo los políticos bloquean cualquier posibilidad para formar un gobierno de coalición, queda cada vez más patente la necesidad de atender la demanda de nuevas formas de representación democrática.

España necesita redescubrir su capacidad para experimentar democráticamente y ser un ejemplo del tipo de reformas políticas que se necesitan en Europa. El país tiene la credibilidad necesaria para contribuir al proceso de reforma política, pero es necesario que analice las razones por las cuales el movimiento de los indignados fracasó y no pudo materializarse en una regeneración política.

Muchos países han experimentado de forma exitosa con asambleas ciudadanas para contribuir a reformas constitucionales o programas legislativos. Imaginemos que esta opción existiese hoy en España: un foro de ciudadanos podría haber jugado un papel fundamental para desbloquear decisiones políticas.

Hay que albergar la esperanza de que las dificultades por las que está pasando España provoquen una renovación democrática tanto en el país como más allá de sus fronteras. Sea cual sea la coalición que gobierne, será una prueba fundamental para saber si hemos aprendido algo del triste y desalentador espectáculo que nos brinda la incapacidad de la élite.

Artículo publicado en inglés en Politico Europe.